Por. Daniel Mumont
GUADALAJARA.
Hablar de la bachata es hablar de celebración, de identidad y de un gozo profundo por compartir sus raíces. Esta música y danza, nacida en comunidades de la República Dominicana, trasciende el baile para convertirse en una forma de vida. Es en este contexto donde Benjamín de Menil, fundador de la Academia de Bachata, ha impulsado un proyecto que conecta tradición, enseñanza y comunidad.
Desde los pasos para lograr una gran ejecución, hasta abrir de las heridas mas dolorosas de una comunidad, El largometraje documental Agridulce, dirigido por Frank Pavich, tuvo su estreno latinoamericano en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), dentro de la sección Son de Cine In-Edit, un espacio dedicado a películas que exploran la música desde sus dimensiones más humanas, culturales y emocionales.

Rodado a lo largo de cinco años en Cabarete, República Dominicana, Agridulce se aleja de la imagen globalizada de la bachata como un fenómeno de pista de baile, para sumergirse en su raíz comunitaria y formativa. A través de una mirada íntima, Pavich retrata el proceso de crecimiento de un grupo de jóvenes músicos que encuentran en la música no solo una vocación, sino una vía de autodescubrimiento y transformación personal.
La historia se construye como un mosaico de experiencias reales. Los protagonistas —Edickson García Disla, Frandy Direze, Orianny Bonilla y Yerian Castillo— no fueron elegidos mediante casting tradicional, sino que, como explica el propio De Menil, “fueron más los que aceptaron e invitaron a nosotros a ser parte de su vida”, lo que permitió capturar momentos profundamente naturales a lo largo del tiempo .

La motivación detrás del proyecto surge del propio De Menil, quien encontró en la Academia de Bachata una fuente de inspiración que deseaba compartir con el mundo. Su intención era clara: mostrar el poder de la música como herramienta de cambio y reivindicar la riqueza de las culturas locales frente a la constante tendencia de mirar hacia el exterior. En sus palabras, la película busca inspirar a otros a “valorar más la cultura local” y a considerar la música como un camino posible en comunidades de todo el mundo .
Uno de los mayores aciertos de Agridulce es su honestidad narrativa. Aunque inicialmente el director imaginaba una película centrada en los aspectos positivos de la academia, el proceso documental reveló también las dificultades, tensiones generacionales y realidades complejas que atraviesan los jóvenes protagonistas. Pavich tomó entonces una decisión clave: no idealizar la historia. “Decidimos mostrar las cosas reales… no pintar todo de color de rosa”, explica, apostando por una representación más completa que permita al espectador construir sus propias conclusiones .

Este equilibrio entre lo luminoso y lo difícil da sentido al título del filme. La experiencia de los jóvenes músicos es, como la vida misma, agridulce: llena de retos, pero también de momentos de gozo, amor y descubrimiento. La música funciona aquí como guía y refugio, capaz de alejar a los niños de contextos adversos y ofrecerles una alternativa de futuro. Como señalan los participantes del documental, el proceso fue completamente orgánico: “no fue que tenía que actuar… sino hacer lo que hacía diariamente”, lo que aporta una naturalidad esencial a la narrativa .
La presencia de Mártires de León, guitarrista de renombre internacional y mentor dentro de la academia, añade otra capa al relato: la transmisión generacional del conocimiento y el compromiso con preservar una tradición musical profundamente arraigada en la identidad dominicana.
Con una duración de 98 minutos y una cuidada factura técnica —que incluye la fotografía de Nicolás Ordóñez Carillo y la edición de Fabián Caballero—, Agridulce se posiciona como una obra que trasciende el documental musical convencional. Más que hablar de bachata, habla de pertenencia, de comunidad y de las múltiples formas en que el arte puede moldear la vida.
