Por. Daniel Mumont
Con dramaturgia de Jack Holden y adaptación y dirección de Alonso Íñiguez, Cruise se presenta como un unipersonal protagonizado por Alejandro Speitzer que narra las aventuras y desventuras de un joven homosexual en la tumultuosa década de los ochenta. La propuesta busca trazar un paralelismo entre aquella época y la actualidad, construyendo una reflexión lúdica, musical, sensual y aparentemente festiva sobre la evolución de nuestra sociedad.

En su planteamiento, la obra apunta hacia una revisión del comportamiento humano en comunidad, marcando el fin de una era y el inicio de otra. Sin embargo, es precisamente en ese punto donde emerge su mayor debilidad. Cruise se instala en uno de los lugares más transitados —y problemáticos— dentro de las narrativas sobre la comunidad LGBT+: el relato de una vida desenfrenada en aparente libertad que inevitablemente desemboca en el diagnóstico de VIH.
Lejos de cuestionar o resignificar este imaginario, la obra termina por reforzarlo. En lugar de desestigmatizar el VIH como un elemento históricamente ligado —y muchas veces impuesto— al discurso gay, lo reproduce casi como destino narrativo obligatorio. Esta decisión limita la complejidad del discurso y reduce una experiencia generacional diversa a un esquema conocido y, en cierto sentido, agotado.

El desenlace, además, cae en una resolución simplista. La frase “vive un día a la vez” pretende ofrecer consuelo, pero resulta más cercana a un lugar común que a una conclusión profundamente elaborada. Así, la obra se queda en la superficie emocional de su propio conflicto, sin lograr una verdadera problematización contemporánea.
No obstante, el montaje encuentra un sólido sostén en la interpretación de Alejandro Speitzer. Su trabajo escénico es enérgico y versátil: salta, baila y canta con precisión, construyendo múltiples matices que sostienen la atención del espectador. Su capacidad para transitar entre distintos estados emocionales y personajes dota de dinamismo a una propuesta que, en términos narrativos, podría sentirse reiterativa.

En conjunto, Cruise es un espectáculo atractivo en su forma, pero limitado en su fondo. Una obra que apuesta por el paralelismo histórico, pero que termina anclada en los mismos discursos que podría haber cuestionado.
Cruise, se presenta en el Teatro Milán
Viernes 19:00 y 21:00 horas, sábado 18:00 y 20:00 horas y domingo 19:00 horas.
Duración aproximada: 110 minutos.
Clasificación: +12 años.
