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“Deseo”: Thriller psicológico con Ludwika Paleta sobre obsesión, infidelidad y desintegración familiar

Por Daniel Mumont

Deseo, la nueva película de Teresa Simone, encuentra en su premisa —aparentemente familiar— el terreno perfecto para diseccionar la fragilidad de las apariencias. Lucero (Ludwika Paleta) encarna a la perfección esa fantasía de plenitud: riqueza, estabilidad, una familia ejemplar. Sin embargo, Simone no tarda en revelar que esa perfección es apenas una fachada pulida que esconde un vacío emocional profundo, casi corrosivo.

La llegada de Matías (Isaac Casas), el joven entrenador de natación contratado por el esposo de Lucero, funciona como detonador narrativo y simbólico. No es solo un objeto de deseo, sino una grieta que se expande rápidamente en la estructura familiar. Lo que comienza como una atracción contenida se convierte en una obsesión que desborda los límites morales, intensificada por un elemento particularmente incómodo: la atracción paralela de la hija de Lucero hacia el mismo hombre. Este triángulo no solo añade tensión, sino que subraya uno de los temas centrales de la cinta: el deseo como fuerza desestabilizadora que no reconoce jerarquías ni vínculos.

Simone maneja con habilidad el ritmo en su primer y segundo acto, apostando por una construcción pausada donde los silencios, las miradas y las decisiones pequeñas tienen un peso acumulativo. Paleta ofrece una actuación contenida pero magnética, logrando transmitir esa mezcla de insatisfacción, culpa y pulsión que define a su personaje. Casas, por su parte, juega inteligentemente con la ambigüedad: nunca es del todo claro si Matías es catalizador inocente o agente consciente del caos que provoca.

Uno de los aspectos más interesantes de Deseo es cómo entrelaza su drama íntimo con elementos de crítica social, particularmente a través del nepotismo que emerge tras un incidente clave. Aquí, la película sugiere que el poder y el privilegio no solo protegen, sino que también deforman la percepción de la realidad, permitiendo que las consecuencias se diluyan… al menos en apariencia.

Pero es en su tercer acto donde la cinta da un giro radical. Lo que parecía un drama sobre infidelidad y desgaste emocional se transforma en un thriller psicológico oscuro, casi macabro. Simone desarma la narrativa construida hasta ese momento y juega con la percepción del espectador, dejando claro que nada era tan simple como parecía. Este cambio, aunque arriesgado, resulta en gran medida efectivo: la tensión se intensifica y la historia adquiere una dimensión mucho más inquietante.

No obstante, esta mutación tonal no está exenta de tropiezos. En su afán por sorprender, la película por momentos sacrifica parte del desarrollo emocional que había construido con tanto cuidado. Aun así, esa sensación de desestabilización parece intencional: Deseo no busca comodidad, sino incomodar.

La película se erige como un retrato perturbador sobre la desintegración familiar, donde las grietas no estallan de inmediato, sino que se expanden lentamente hasta hacer inevitable el colapso. Con su estreno en mayo bajo el sello de Cinépolis DistribuciónDeseo se perfila como una propuesta provocadora dentro del panorama del cine comercial mexicano: una obra que seduce, incomoda y, finalmente, deja una sensación persistente de inquietud.

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