En el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG 41), la presencia de Edgar Ramírez no pasa desapercibida. No solo por su trayectoria internacional —que lo ha llevado de producciones independientes a grandes blockbusters de Hollywood—, sino por la manera en que piensa y habita su oficio: como una exploración constante de la naturaleza humana.
Actor venezolano con formación en comunicación social y una carrera que despegó con fuerza tras su interpretación de Carlos “El Chacal” en la miniserie Carlos (2010), por la que recibió una nominación al Globo de Oro, y producciones más comerciales como Jungle Cruise. Esa amplitud no es casual: responde a una curiosidad casi insaciable.
Durante una conversación exclusiva para Cinespoilers México en el festival, Ramírez lo explica con claridad. Para él, actuar no es únicamente interpretar personajes, sino una forma de entender el mundo:
“Soy actor porque soy un fascinado de la naturaleza humana… me encanta conocer gente e intentar comprender otras realidades” .

Esa fascinación se traduce en una búsqueda constante de historias que le permitan expresar inquietudes personales y, al mismo tiempo, conectar con el público. No se trata de una intención didáctica, sino de una necesidad orgánica: decir algo que, con el tiempo y la experiencia, ha aprendido a articular mejor. “El tiempo y la experiencia te permiten crear un lenguaje… comprender mejor lo que quieres decir y cómo lo quieres expresar”, reflexiona .
El actor como explorador
Uno de los aspectos más reveladores de su discurso es la importancia que le da a la experiencia física y sensorial del rodaje. Ramírez no oculta su entusiasmo por filmar en locaciones reales, donde el azar y lo impredecible enriquecen el proceso creativo. Para él, esos “accidentes” son parte esencial del cine, una fuente de estímulos que nutren tanto al actor como al ser humano.
Ese mismo espíritu lo ha llevado a abrazar proyectos de gran escala con el mismo entusiasmo que propuestas más íntimas. Recuerda, por ejemplo, el proceso técnico detrás de Jungle Cruise, donde fue sometido a escaneos digitales en instalaciones de alta tecnología para crear modelos de su rostro. Más allá del resultado en pantalla, lo que le queda es la experiencia: entrar a espacios que parecen sacados de la ciencia ficción, interactuar con equipos que están “a mitad de camino entre científicos y cineastas” .

En esa mezcla de asombro y curiosidad se revela una de las claves de su carrera: Ramírez no jerarquiza los proyectos por su escala o prestigio, sino por lo que pueden ofrecerle como vivencia.
Una carrera guiada por la intuición
A diferencia de otros actores que construyen trayectorias estratégicas, Ramírez reconoce que muchos momentos de su carrera han sido fruto de coincidencias. Estrenos que se acumulan, proyectos que parecen encadenarse sin haber sido planeados. Su criterio de selección responde más a impulsos internos que a cálculos externos. “Trabajo en todo tipo de películas porque me interesa como ser humano… quiero atravesar la experiencia”, afirma . Esa apertura le ha permitido moverse con libertad entre géneros y formatos, consolidándose como uno de los actores latinoamericanos más reconocidos a nivel global.
El cine como catarsis
Ramírez también compartió su interés creciente por el cine de terror, un género que históricamente ha sido subestimado pero que, en su opinión, está viviendo una revalorización. Más que una preferencia estética, lo ve como una herramienta emocional: una forma de procesar la ansiedad y explorar los miedos colectivos.
Esa lectura conecta con su visión del cine como espacio de catarsis y diálogo. Las historias, insiste, no solo sirven para entretener, sino para canalizar lo que llevamos dentro y encontrar puntos de conexión con los demás.
Su paso por Guadalajara confirma esa dualidad: una estrella internacional que, sin embargo, se expresa con cercanía y profundidad, consciente de que su oficio no se limita a la pantalla, sino que forma parte de una conversación más amplia sobre quiénes somos y cómo nos contamos.