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Familia en renta: El precio de la presencia

Por. Daniel Mumont 

Familia en renta es una película que se desliza con suavidad hacia territorios incómodos: aquellos donde la verdad pesa demasiado y la soledad se disfraza de compañía. Con una sensibilidad contenida, Hikari —quien escribe y dirige la cinta— propone una historia que no juzga, sino que observa, como si la cámara respirara al ritmo de sus personajes.

La premisa es tan inquietante como profundamente humana: una empresa donde actores alquilan afectos, vínculos y presencias. Novios temporales, padres sustitutos, amigos a la carta. No se venden mentiras, sino la ilusión de una emoción que alguien, en algún punto, dejó de experimentar. En ese mundo entra Philip Vanderploeg, interpretado por un entrañable Brendan Fraser, un actor extranjero a este negocio, tanto literal como emocionalmente. Su llegada no es triunfal, es torpe, casi ingenua. Y ahí radica su fuerza.

Fraser construye a Philip desde el desconcierto: un hombre que cree estar actuando sin comprender que el cuerpo no distingue entre lo fingido y lo sentido. Existe una vieja máxima actoral que advierte sobre no enamorarse del personaje, pero ¿qué ocurre cuando el personaje te devuelve una mirada que necesita ser sostenida? ¿Cómo se separa la emoción escénica del pulso real cuando alguien deposita en ti una carencia auténtica?

La vida de Philip comienza a resquebrajarse cuando los límites profesionales se diluyen. Una niña que anhela la figura de un padre, un actor veterano olvidado que solo desea ser escuchado una vez más: pequeños encuentros que revelan algo más grande y doloroso. No se trata de actuaciones extraordinarias, sino de silencios, de gestos mínimos, de miradas que duran un segundo más de lo necesario.

Hikari filma Japón con una delicadeza que nunca se siente turística. Tokio aparece como un espacio de belleza contenida, de rincones tranquilos que contrastan con el ruido interior de los personajes. La directora no impone discursos, pero deja caer preguntas esenciales: ¿por qué preferimos alquilar afecto antes que confrontar nuestras heridas? ¿Por qué resulta más sencillo simular una relación que enfrentar la necesidad de ayuda real, de terapia, de escucha honesta?

El regreso de Brendan Fraser tras The Whale confirma algo evidente: su capacidad para encarnar personajes frágiles, profundamente humanos, sigue intacta. Philip es un hombre hecho de capas, y la película se toma el tiempo de retirarlas una a una, sin prisa, sin subrayados.

Familia en renta es tierna y dolorosa a la vez. Un retrato de aquello que postergamos por miedo a mirarnos de frente. Nos recuerda que las conexiones humanas no requieren grandes artificios: escuchar, conversar, estar presente sigue siendo un acto radical. Hikari entrega una obra sensible, melancólica y necesaria, que nos enfrenta con una verdad incómoda pero inevitable: nadie debería tener que rentar aquello que nos hace humanos.

La cinta ya se encuentra disponible en salas de cine.

Familia en renta: El precio de la presencia
Daniel Mumont 8 de enero de 2026
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