Por Daniel Mumont
“Todos estamos en esto”. La frase, que resume el corazón temático de Hoppers, también define el alcance de una película que, bajo la apariencia de una comedia animada, se convierte en una reflexión sobre el poder, la política, el medio ambiente y la convivencia entre distintas formas de vida. Lejos de limitarse a un mensaje ecológico convencional, la nueva producción de Pixar encuentra en su historia una vía para hablar de cómo las decisiones públicas afectan tanto a las comunidades humanas como al mundo natural.
Como película número 30 del estudio, bajo la dirección de Daniel Chong, Hoppers tenía sobre sus hombros una expectativa importante: demostrar que Pixar aún puede construir relatos capaces de emocionar, divertir y, al mismo tiempo, dialogar con preocupaciones contemporáneas. En buena medida, lo consigue. La cinta ofrece una mezcla inusual de humor, ciencia ficción y comentario social, sostenida por una narrativa accesible pero con suficiente carga crítica para resonar también en el público adulto.
La protagonista es Mabel, una joven que desde niña ha sentido una profunda conexión con los animales. Cuando la tecnología abre la posibilidad de transferir la mente humana al cuerpo de un animal robotizado, ella decide usar ese recurso para comunicarse con la fauna. El detonante de esta decisión está en el conflicto central de la película: la construcción de un puente promovido por uno de los candidatos al gobierno de su ciudad, un proyecto que promete beneficiar a la ciudadanía, pero que supone la destrucción de una zona lacustre donde habitan distintas especies. No se trata solo de una amenaza ecológica: para Mabel, ese espacio representa también un territorio íntimo, ligado a los recuerdos compartidos con su abuela.

A partir de ahí, Hoppers articula su discurso con inteligencia. La película entiende que el poder no es, en sí mismo, un elemento negativo: resulta necesario para organizar a la sociedad, gestionar sus necesidades y construir acuerdos. Sin embargo, también insiste en su dimensión más oscura, aquella en la que el poder se desfigura cuando deja de ser una herramienta para el bien común y se convierte en un mecanismo de imposición, despojo y corrupción. Esa dualidad es una de las ideas más sólidas del filme y la que le da una dimensión política más interesante de lo habitual dentro del cine familiar.
En su travesía, Mabel no solo intenta evitar la desaparición del ecosistema, sino que también se enfrenta a la lógica con la que los seres humanos justifican la violencia sobre la fauna en nombre del progreso. La película encuentra ahí uno de sus mayores aciertos: darles a los animales no solo presencia, sino también dignidad narrativa. Más que simples víctimas o adornos del paisaje, aparecen como seres que exigen respeto, justicia y la posibilidad de coexistir dentro de un mundo compartido.

En el apartado visual, Hoppers confirma buena parte de su encanto. Su animación es cálida, detallada y expresiva, con una identidad que remite al Pixar más inspirado. Hay una soltura especial en la manera en que combina secuencias de humor con momentos de sensibilidad emocional, sin que una dimensión anule a la otra. Esa capacidad de equilibrar ligereza y comentario social permite que la película funcione tanto como entretenimiento infantil como propuesta atractiva para espectadores adultos.
En ese sentido, Hoppers se coloca entre las producciones más estimulantes del estudio en años recientes. No porque renuncie a la fórmula Pixar, sino porque logra reactivarla con un tema actual y una mirada menos complaciente sobre la relación entre política, desarrollo y naturaleza. Su mayor virtud está en no presentar el poder como un arma para aplastar al adversario, sino como una herramienta que debería servir para convivir mejor entre diferentes. Y en esa idea, sencilla pero poderosa, la película encuentra su mayor fuerza.
Al final, Hoppers no solo destaca por su humor entrañable, sus personajes carismáticos o su sólida factura visual. También lo hace por atreverse a recordar, en tiempos cada vez más marcados por la confrontación, que efectivamente todos estamos en esto.
