Inspirada en una historia real, 'Lecciones de un pingüino' sigue a un profesor británico que se traslada a Argentina en los años 70, donde su vínculo inesperado con un pingüino rescatado se entrelaza con el contexto político de un país en tensión. La película, protagonizada por Steve Coogan, construye una experiencia que va de lo íntimo a lo colectivo, sin dejar de lado los ecos históricos que la atraviesan.
Ambientada en la Argentina de mediados de los años setenta, ofrece un retrato sutilmente tejido entre lo personal y lo político. La historia se basa en las memorias del educador británico Tom Michell, quien —interpretado por Steve Coogan— viaja a Sudamérica y se inserta en la vida de un internado masculino. En medio de una rutina marcada por normas rígidas y protocolos escolares, un acontecimiento fortuito lo lleva a establecer una relación insólita con un pingüino. Este vínculo, tratado con contención narrativa, abre el espacio para una reflexión más amplia sobre el entorno que lo rodea.
El guion evita el trazo grueso. La construcción de época se da por acumulación de detalles: afiches desvaídos en las calles, uniformes escolares, fragmentos de música popular y silencios institucionales que dejan entrever la atmósfera social. El tono se mantiene constante, sin saltos bruscos, y deja que la tensión se filtre a través de las rutinas diarias y los diálogos contenidos. La dirección opta por un enfoque observacional, priorizando los gestos y el devenir de los días, mientras el clima político se va volviendo cada vez más denso, aunque nunca se vuelve explícito en exceso.
La actuación de Coogan se articula desde la distancia inicial del extranjero que se adapta a un entorno nuevo. A través de sus ojos, el espectador percibe no solo las costumbres escolares, sino también las señales de un país marcado por contrastes. A medida que avanza la cinta, el vínculo con el pingüino que un principio era casi nulo, más que elemento pintoresco, se convierte en una forma de revelación emocional en la que encuentran más que una mascota, un amigo al que puede confiarle tus mayores secretos, teniendo una escucha que te permita no sólo liberarte sino también contar algo que posiblemente nadie te ha escuchado decir,
La puesta en escena juega con lo contenido: interiores escolares de arquitectura sobria, la serenidad que justifican la represión de la ciudad y que su vez busca interiorizar el ambiente silente. La fotografía privilegia encuadres simétricos, casi documentales, mientras la música acompaña con discreción, alternando entre lo nostálgico y lo melancólico. El uso de lo animal como eje narrativo permite que el relato evite caer en el discurso directo, desplazando el centro de gravedad hacia lo simbólico y lo afectivo que se puede llegar a ser al tener un amigo pingüino que te escuche.
A medida que el contexto social se vuelve más complejo, la película extiende sus implicaciones hacia una lectura más amplia del periodo histórico. Sin caer en el énfasis, se incorporan elementos que remiten a la represión, la vigilancia y la ausencia. La experiencia del personaje principal se vuelve así una puerta de entrada hacia una Argentina fracturada, donde los pequeños gestos pueden adquirir dimensiones significativas.
La película enlaza la experiencia íntima de la pérdida y el cuidado con una historia mayor, marcada por la persistencia y la búsqueda de justicia. Lecciones de un pingüino sugiere que los actos mínimos —incluso los más improbables— pueden resonar en lo más profundo de una sociedad herida.
'Lecciones de un pingüino': la memoria, la ternura y la dictadura argentina