Por. Daniel Mumont
Hay películas que se aproximan a lo religioso desde la denuncia: exponen abusos, hipocresías o crímenes que ya forman parte del imaginario colectivo. Otras, en cambio, optan por el relato de la conversión, ese tránsito íntimo —a veces luminoso, a veces inquietante— hacia la fe o hacia una figura divina.
Los domingos no pertenece del todo a ninguna de estas vertientes. Más bien se instala en una zona intermedia, menos estridente pero no por ello menos compleja: la del proceso interior. La película sigue a Ainara, una adolescente de 17 años que, tras un retiro espiritual, experimenta un acercamiento tan intenso como confuso con Dios y con la vida conventual. En ese espacio, aparentemente ordenado y silencioso, encuentra algo que se le había escapado tras la muerte de su madre: una sensación de sentido, acaso de refugio.
Pero Ruiz de Azúa deja claro, desde el primer instante, que este no será un relato solemne en el sentido tradicional. La cinta se abre, de forma tan inesperada como reveladora, con una canción de Bizarrap que insiste: “Quédate / que las noches sin ti duelen…”. No es un gesto gratuito. Esa letra, cargada de deseo, apego y ausencia, dialoga directamente con el conflicto central de Ainara: la tensión entre el anhelo humano —el amor, el cuerpo, la compañía— y la aspiración espiritual de renuncia. Desde ahí, la película plantea su tesis sin subrayados: incluso en el camino hacia Dios, lo terrenal sigue latiendo.
No es casual que esta cinta, ganadora del Premio Goya a Mejor Película, llegue finalmente a las salas mexicanas este 1 de abril bajo el sello de Zima Entertainment. El nuevo largometraje de Alauda Ruiz de Azúa, quien ya había demostrado una sensibilidad particular en Cinco lobitos, confirma aquí una mirada íntima, punzante, sobre esos dilemas que no admiten respuestas fáciles: la fe, la libertad y los lazos familiares.
Ainara, herida y vulnerable, cree haber encontrado su destino en el encierro voluntario de un convento. Sin embargo, la vida —esa fuerza que siempre irrumpe donde menos se le espera— se manifiesta en la figura de Mikel, un joven que comparte con ella el coro religioso. Hay afecto, hay una posibilidad distinta, pero también hay una convicción que ella intenta sostener: la idea de que su lugar está lejos del mundo, incluso lejos de aquello que la atrae.
El entorno familiar no ayuda a disipar la incertidumbre, sino que la complejiza. La tía Maite —abiertamente atea— introduce una tensión ideológica fundamental en el relato: su mirada no solo es práctica, sino profundamente escéptica frente a la fe de Ainara. Desde ese lugar, le insiste que viva, que se equivoque, que explore antes de tomar una decisión definitiva. No es únicamente una invitación a experimentar, sino también una resistencia frontal a lo que ella percibe como una renuncia prematura.
Su padre, en cambio, es la encarnación de una irresponsabilidad heredada y sostenida; un hombre rebasado por la vida, incapaz de orientar pero sí, quizá, dispuesto a aceptar la decisión de su hija si eso aligera el peso de sus propias cargas.
Ruiz de Azúa envuelve todo este conflicto en una banda sonora coral de notable belleza, que no solo acompaña, sino que eleva lo cotidiano hacia una dimensión casi mística. Hay en la película una voluntad clara de tensar los extremos: aquí no hay zonas grises, sino posiciones que se radicalizan, emociones que se intensifican y decisiones que se viven como irreversibles. Esa polaridad, a momentos incómoda, es precisamente lo que termina por confrontar al espectador con sus propias certezas.
En ese cruce de fuerzas —la fe, el duelo, el deseo, la presión familiar— Los domingos construye un relato íntimo sobre la identidad y la elección. No se trata tanto de cuestionar la religión, sino de observar qué ocurre cuando una convicción nace en un terreno emocionalmente inestable.
La película resulta particularmente interesante por su capacidad de sugerir, más que de afirmar. Nos habla de aquello que los otros esperan de nosotros, pero también de esas pulsiones internas que, aun sin ser impuestas, se sienten inevitables. Porque al final, incluso frente a la duda o la persuasión ajena, hay decisiones que solo pueden sostenerse —o derrumbarse— desde la intimidad más profunda de quien las toma.
La cinta llega este 1 de Abril a salas de cine mexicanas.