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'Marty Supreme': La cinta en frenesí que no mide consecuencias

Por. Daniel Mumont

Josh Safdie siempre ha filmado Nueva York como si la ciudad fuera un organismo con taquicardia: calles que empujan, interiores que asfixian, personajes que negocian con su ansiedad como si fuera moneda. Lo nuevo —y lo más incómodo— de Marty Supreme es que toma esa maquinaria de nervio y la mete en el molde de la “historia real”… solo para dinamitarla desde dentro. Sí: está “basada libremente” en la vida del mítico jugador de tenis de mesa Marty Reisman, pero el objetivo no es rendirle homenaje con la solemnidad de una biopic de manual. La película prefiere algo más venenoso: usar el relato de ascenso como carnada y luego mostrar cuánto hay de autoengaño, oportunismo y seducción calculada detrás del mito. 

La premisa —un aspirante a estrella del ping pong que vive entre trabajos precarios, relaciones fallidas y una ambición que no cabe en su realidad— no se cuenta con la lógica inspiracional de “si sueñas, lo logras”. Safdie mira esa frase con desconfianza. Aquí el sueño es casi una coartada: Marty no escala por “pureza”, escala porque aprende a torcer el entorno, a explotarlo, a coquetear con el poder cuando se le abre una rendija. Lo que podría leerse como “redención” termina pareciendo otra cosa: un entrenamiento en la impostura, la forma adulta del instinto de supervivencia.

Y ahí está el movimiento más crítico del filme: no se enamora del protagonista. Lo persigue. Lo acorrala. En lugar de romantizar su obsesión, la exhibe como un motor que devora todo a su paso. Timothée Chalamet interpreta a Marty Mauser (nombre ficcionalizado) con una mezcla de carisma y desesperación que funciona precisamente porque no pide permiso para caer mal: su encanto tiene filo, su vulnerabilidad se siente estratégica, y su hambre de validación nunca es del todo inocente. 

La ciudad como jaula: diseño de producción, cámara y un lujo “sucio”

Si la película triunfa en algo tangible es en cómo construye mundo: el diseño de producción arma sets con una precisión obsesiva, pero la cámara no los contempla como postal; los usa como trampa. Todo luce vivido, gastado el logro no es la “recreación de época” por sí misma, sino el efecto psicológico: cada espacio parece recordarle a Marty su lugar real en la cadena alimenticia. 

La fotografía (Darius Khondji) y el estilo de iluminación, lejos de buscar belleza pulida, persiguen una especie de verdad imperfecta: sombras raras, brillos incómodos, una sensación de “lo real” que no está acabada —como la vida del protagonista, siempre a medio armar. 

Y el diseño de producción a cargo de Jack Fisk, no deja reposar: la película avanza como si tuviera miedo de que, si se detiene, el mito se desinfle.

El soundtrack como ironía 

Marty Supreme merece todavía más disección al percibir las canciones, no solo “acompañan”, contradicen. “Forever Young” no funciona aquí como himno aspiracional sino como una pregunta con trampa: ¿de verdad quieres vivir para siempre? No es juventud; es negación. Es la fantasía de que la vida se puede ganar sin pagar el costo. 

Y cuando aparece “Everybody Wants to Rule the World”, el tema deja de ser el sueño y se vuelve la factura: querer gobernar algo implica aceptar responsabilidades, aceptar límites, aceptar que el deseo no te absuelve. En ese punto, la película deja claro que “madurar” no es un arco moral, sino el reconocimiento brutal de que no eres el centro del universo… aunque te hayas pasado años actuándolo. 

Marty Supreme no quiere ser respetable, quiere ser inquietante. Quiere recordarte que detrás de la ambición hay algo parasitario y a pesar de que se venda como relato de superación, pero opera como crítica del deseo de superarse a cualquier precio. Su mayor logro es que luce eléctrica, divertida por momentos y brutal en otros, sin caer en la trampa de “inspirar”. Safdie entiende que la épica deportiva muchas veces es una fantasía de clase: la promesa de que el talento basta, cuando en realidad lo que manda es la capacidad de manipular contextos, vender una versión de ti mismo y resistir la humillación cotidiana.

Si algo se le puede reclamar, es que su frenesí a ratos parece una coartada estética: la película corre tanto que a veces evita mirar de frente el daño que su protagonista causa a otros. Pero quizá esa sea la crítica más cruel: Marty no solo huye de su vida; huye de sus consecuencias. Y el cine, aquí, corre con él… lo suficiente para que duela.




'Marty Supreme': La cinta en frenesí que no mide consecuencias
Daniel Mumont 19 de enero de 2026
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