Por Daniel Mumont
La premisa de Una canción sobre lo que sea parece mínima y, por lo mismo, exige precisión: Elena Murillo, actriz joven, graba audiolibros de superación personal mientras atraviesa una frustración profesional que no se resuelve con frases motivacionales. Compone una canción y le atribuye un poder casi terapéutico: si logra grabarla, piensa, llegará la fama y con ella una versión más soportable de su vida. La película se sostiene en esa contradicción inicial: Elena presta su voz a la retórica del “tú puedes”, pero vive en el registro opuesto, donde la voluntad no garantiza nada.

El conflicto se activa cuando la fantasía necesita presupuesto. Elena busca dinero para pagar el estudio y decide acudir a Carla, una amiga de la secundaria que ahora es empresaria exitosa. Lo que podría ser un reencuentro sentimental se convierte en una escena de fricción social: no por el pasado compartido, sino por lo que pasó después. La película entiende algo útil: el privilegio no sólo separa, también reescribe la memoria.
El choque de clases como conversación (y como silencios)
La visita de Elena a Carla está construida como una negociación emocional con una capa económica siempre presente. Elena llega con urgencia y con una mezcla de vergüenza, esperanza y resentimiento; Carla recibe desde una posición donde ayudar no es un gesto inocente. No hace falta que el guion subraye la desigualdad: aparece en los detalles, en la manera de hablar del tiempo, del dinero, del “riesgo”, de lo que se considera problema y lo que se considera elección.
La película acierta cuando evita convertir esa distancia en moraleja. En lugar de dictar sentencia, deja que la conversación se ensucie: expectativas cruzadas, defensas, pequeñas humillaciones involuntarias y esa incomodidad específica de reencontrarse con alguien que te conoció antes de tus derrotas. El punto no es que una “tenga razón” y la otra “no entienda”; el punto es que ya no comparten el mismo suelo.

Elena: una protagonista difícil de “querer”, y por eso útil
Elena funciona porque no se deja suavizar. Su obsesión con la canción tiene algo genuino —la necesidad de hacer algo propio— y algo problemático —la creencia de que una sola pieza puede reordenarlo todo. La película no la vuelve ejemplo ni víctima: la muestra insistiendo, justificándose, irritándose, empujando la realidad para que encaje en su plan. En esa terquedad está el retrato de un tipo de precariedad contemporánea: la emocional, que se agrava cuando el entorno te exige optimismo como condición de existencia.
Que Elena grabe audiolibros de superación personal no es un chiste, es una idea narrativa con filo. La industria de la motivación aparece como un ruido de fondo que promete control en un mundo que no lo ofrece. La película no necesita discursos contra el “éxito”; le basta con mostrar a alguien agotada de repetirlo en voz alta.
Carla: la incomodidad de ser “la que puede”

Carla está escrita desde una dificultad menos obvia: ser la persona que sí tiene margen. El guion evita la caricatura del privilegio como maldad y se concentra en algo más realista: la distancia produce torpeza moral. Carla puede querer ayudar, pero también puede no querer complicarse; puede sentir afecto, pero no saber cómo sostenerlo sin que parezca condescendencia. En esa tensión, el reencuentro adquiere un tono casi clínico: dos versiones de una misma generación separadas por los resultados.
Lo que la película decide no resolver
El desenlace no se siente diseñado para “enseñar”. Lo que queda es una reconfiguración de prioridades: Elena descubre que pedir ayuda —y pedirla a esa persona— no es un trámite, es una exposición. Y también que la canción, como promesa de salvación, puede ser una coartada para no mirar otras urgencias. La película sugiere, sin subrayar, que parte del crecimiento no está en alcanzar el sueño, sino en ajustar el tamaño del sueño a la vida disponible.

Una canción sobre lo que sea opera mejor cuando se mantiene en ese registro: el de una comedia contenida (a veces amarga), donde el conflicto social se filtra por una conversación y donde el personaje principal no cae simpático por decreto. La historia avanza por fricción, no por redención, y ahí encuentra su tono.
Una canción sobre lo que sea: Cuando la frustación no es un impedimento