Ir al contenido


Crítica: Zirko, de Gerardo Trejoluna

Por. Daniel Mumont

En Zirko, Gerardo Trejoluna se enfrenta —y nos enfrenta— a uno de los abismos más incómodos del acto creativo: la duda. No una duda ligera o pasajera, sino aquella que cala hondo, que desgasta, que cuestiona el sentido mismo de hacer arte cuando no se sabe si hay alguien realmente escuchando.

Este unipersonal se erige como una experiencia íntima y brutalmente honesta. Trejoluna encarna a un artista en decadencia, atrapado entre el hartazgo y la persistencia, entre la necesidad de expresarse y la incertidumbre de su recepción. La obra no ofrece respuestas; más bien, abre heridas. Y en esa apertura reside su potencia.

Uno de los elementos más interesantes de Zirko es el uso del dispositivo audiovisual: una cámara que no solo registra, sino que revela. A través de ella, el espectador accede a los rincones físicos del actor, pero también —y sobre todo— a los pliegues más vulnerables de su alma. Este recurso rompe la distancia escénica tradicional y construye una cercanía inquietante, casi invasiva, que intensifica la experiencia.

La propuesta escénica se configura como un mosaico de emociones en constante tensión. Hay fragmentación, hay memoria, hay residuos de un pasado que insiste en permanecer. El acto performático se sostiene en una interpretación mayúscula de Trejoluna, quien logra transitar con precisión entre la fragilidad y la ironía, entre el colapso y la lucidez.

Zirko no es una obra complaciente. Es incómoda porque interpela: ¿qué significa crear? ¿para quién? ¿y si todo esfuerzo es, en el fondo, inútil? En esa línea, la pregunta que atraviesa la pieza —“¿La vida es un acto no premeditado?”— no funciona como una consigna, sino como un eco que persiste más allá del escenario.

Lo más valioso de esta propuesta es su capacidad de reflejo. El espectador no solo observa; se reconoce. En la duda, en el desgaste, en la necesidad de sentido. Zirko convierte el fracaso y la memoria en un acto radicalmente vivo, en una pieza donde la materialidad escénica y lo audiovisual dialogan para construir una experiencia que no busca agradar, sino resonar.

Zirko es una exposición emocional sin filtros. Y en tiempos donde la inmediatez suele diluir la profundidad, esa honestidad se vuelve un gesto profundamente necesario.

La obra se presenta en el Teatro Casa de La Paz (Cozumel 33) los días 9, 10, 11, 16, 17 y 18 de abril, como una oportunidad para presenciar un ejercicio escénico que, lejos de certezas, ofrece una experiencia viva, incómoda y profundamente humana.

Compartir
Nuestros blogs


Acomodar de Pascal Rambert: La melancolía como territorio escénico