Del 22 de febrero al 1 de marzo, la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes se engalana con el regreso de la Compañía Nacional de Danza (CND), bajo la dirección artística de Erick Rodríguez, para presentar La Sílfide y El Escocés, en la versión coreográfica de Terrence S. Orr basada en la obra original de August Bournonville. La temporada contará con el acompañamiento en vivo de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, dirigida por Gavriel Heine, reafirmando la dimensión musical y escénica de esta joya del ballet romántico.
Una obra esencial del ballet romántico
Estrenada en 1836 en el Teatro Real Danés, La Sílfide es una de las obras fundacionales del ballet romántico. Inspirada en la versión francesa de Filippo Taglioni (1832), la coreografía de August Bournonville consolidó un lenguaje propio que ha sobrevivido casi intacto hasta nuestros días, convirtiéndose en uno de los estilos más reconocibles dentro de la tradición clásica.
Ambientada en la campiña escocesa, la obra dialoga con el imaginario celta: bosques brumosos, criaturas sobrenaturales y una visión espiritual de la naturaleza. Este contexto no solo define la atmósfera dramática, sino que también influye en la cualidad del movimiento y en la contención expresiva que caracteriza la pieza.

El estilo Bournonville: técnica contenida y pureza narrativa
El estilo Bournonville se distingue por una técnica depurada en la que la dificultad no se ostenta, sino que se integra con naturalidad al discurso dramático. A diferencia de otras escuelas que enfatizan la espectacularidad de los brazos o grandes extensiones, aquí el protagonismo recae en el trabajo de pies rápido y preciso, en los saltos ligeros y en una musicalidad minuciosa.
Uno de sus rasgos más notables es la economía del gesto. Los brazos no “ayudan” a generar impulso o dramatismo exagerado; permanecen contenidos, armoniosamente colocados, como si la energía del movimiento estuviera sostenida desde el centro del cuerpo. Esta sobriedad dialoga con el carácter íntimo y espiritual del contexto celta que envuelve la historia: la fuerza no es expansiva ni teatral, sino interiorizada.

El resultado es una danza de apariencia sencilla, pero de enorme complejidad técnica. El bailarín debe sostener la ligereza sin apoyarse en gestos amplificados, lo que exige control, equilibrio y precisión. En el caso de los roles masculinos, como el de James, el estilo demanda saltos ágiles, desplazamientos veloces y una presencia escénica noble, sin afectación. Para el cuerpo femenino, especialmente en el papel de la sílfide, se busca una cualidad etérea, casi suspendida, que refuerza la ilusión de ingravidez.
Amor, ilusión y tragedia
La trama gira en torno a James, quien, en vísperas de su boda con Effie, queda hechizado por la aparición de una sílfide. Fascinado por este ser del aire, abandona su vida terrenal para perseguir una ilusión que representa el deseo y lo inalcanzable. El conflicto entre el mundo real y el mundo sobrenatural articula la narrativa romántica: razón frente a pasión, deber frente a anhelo.
El segundo acto, ambientado en el bosque, es uno de los momentos más emblemáticos del repertorio romántico. Allí, el cuerpo de baile construye una atmósfera onírica donde la técnica contenida del estilo Bournonville potencia la sensación de misterio. La tragedia final, profundamente humana, subraya la imposibilidad de poseer aquello que pertenece a otra dimensión.

Así, del 22 de febrero al 1 de marzo, el Palacio de Bellas Artes será el escenario de una historia suspendida entre la tierra y el aire. Una obra donde la técnica no se impone, sino que se integra con poesía; donde la contención se vuelve virtud; y donde la danza, fiel a su tradición romántica, nos recuerda la fragilidad de los sueños que perseguimos.
La Sílfide y El Escocés: el espíritu del ballet romántico vuelve a Bellas Artes con la CND